Un árbol de naranjas
Alejandro Espinosa
Papá volvió a casa arrastrando una nube. Fue a Altamar a comprar alimento para las aves. Mamá le había recomendado ir a Miraflores, un camino mucho más largo, pero más seguro: allá no llueve. Vimos primero la nube, de un gris profundo e intimidante, entre Juan y yo metimos a los cerdos y a las vacas, mi madre corrió a meter la ropa mientras los gemelos la observaban desde el pórtico.
La nube se extendía lenta y peligrosamente, a la par vimos la camioneta bajar por el camino, mojando lo andado. Benjamín fue el primero en saltar al ver a papá, le siguió Benito, pretendían saludarle a su vuelta como siempre. Papá estacionó, los pequeños bailaban libre y ruidosamente con la lluvia, a su ritmo. Nos empapamos todos. Mamá nos mandó a cambiarnos, aunque los gemelos juguetones, huían y se escondían, dejaron un rastro húmedo en el suelo que aún no se seca. Fue gracioso oír cómo los gemelos tosían al mismo tiempo mientras reían y eran arrastrados por mamá a la bañera. Tosieron toda la noche y al día siguiente.
La nube se mantenía sobre nosotros. Desde el pórtico observamos bien, al menos dos kilómetros a la redonda. “Más grande que ayer”, advirtió papá. “Juan, ve a ver a las vacas, se ponen nerviosas con la lluvia”. Hizo caso inmediato, se adentró a la lluvia desprovisto de cualquier barrera: “ven por el paraguas”, le grité. Volvió por él, pero se fue tal como la primera vez. Los gemelos tosían aún, había pasado ya una semana.
Mamá se preocupó y llevó a los gemelos a Altamar. El hospital estaba colmado de enfermos por bacterias, picaduras de dengue, problemas de la piel, fiebres, infecciones, vómitos. Creo que mamá no quiso quedarse a correr el riesgo de llevarse la muerte a casa, como si no nos hubiera alcanzado ya. Hablamos al doctor de Miraflores desesperadamente, se negó a ir. No quería ser tocado por la lluvia. Acordó revisarlos en el límite de las nubes. Fuimos en camioneta, cuando llegamos ya habían colocado una barricada. Fue idea de los de San Pancho, es una comunidad de barbajanes, necios y testarudos, violentos. Papá rabió, despotricó, amenazó. Le apuntaron y no quisieron cooperar. Se llevaron al doctor a pesar de que él quería cumplir con su deber. Nos volvimos tristes, amargos. Los gemelos murieron al mes, sus pulmones colapsaron. Los enterramos en el patio, junto al pequeño árbol de naranjas que plantamos con mamá cuando tenías la edad de Benito y Benjamín.
Mamá les lloró tanto como el cielo sobre nosotros. Para entonces la lluvia se había extendido un kilómetro más. Papá quiso experimentar, caminó más allá de la nube, en cada paso le acompañó la lluvia, fueran diez pasos o doscientos metros, se llevaba a la nube con él. “¿Y si yo soy el maldito?”, me preguntó una vez. Esa noche se fue, creyó que arrastraría la nube. Tal vez solo la hizo más grande, porque el aguacero no cesa, papá no regresa, mamá moría de tristeza. Juan es el único que no sufre, sigue cuidando de las aves, del ganado, de madre. Yo me ocupo del hogar, ya se empezaba a filtrar el agua por todos lados. Hago remiendos con madera de sillas y muebles, con telas y retazos de metal. Lo único que no he deshecho es el fogón.
Papá se llevó la camioneta así que tenemos que caminar hasta Altamar. Vamos a comprar verduras, que son muy escasas, conseguimos solo unas cuantas piezas variadas a precio de un kilo de carne que Juan saca diligentemente de los animales en casa. Él me acompaña a comprar lo necesario. Me ayuda a cargar todo, es buena bestia, como decía papá. Hace todo muy propiamente y me ayuda a tener algo de control, que bajo la lluvia se complica un tanto. Aún esperamos que papá vuelva. Mamá no salía de la cama, yo empezaba a sentir pinchazos en el pecho. Entre todo me preocupaba Juan, es bueno en las labores de la granja, pero sabes que no puede valerse por sí mismo.
También lo he notado raro desde que se fue papá. Pasa mucho tiempo bajo la lluvia, se excusa diciendo que tiene que hacer cosas, pero lo he visto desde la ventana, se queda en el medio, mira al cielo, agita la cabeza, cierra el puño, llora, pero es difícil asegurarlo pues normalmente tiene el rostro empapado.

Imagen generada con IA
Yo me he desahogado escribiendo. En mi diario o en papeles sueltos que tomo de todos lados, la estraza de la carne, los periódicos, el papel que envuelve la fruta aún verde, así mis pensamientos se dispersan por la casa y no se agolpan en mi cabeza. Muchos de ellos los tiro fuera, los dejo remojar en la lluvia, como para que se diluyan.
Mamá, que seguía en cama, tenía su propia forma de desahogarse, como cantar canciones tristes que ella inventaba. Usaba a la lluvia golpeando el techo para tener música. Las susurraba, cantaba solo para ella, yo la llegué a oír cuando le llevaba comida o tenía que tapar goteras de su cuarto, aunque no comía y poco le importaba que el agua entrara en su habitación. Ella solo sufría la pérdida de sus hijos, más que el hambre o la humedad. Terminó convirtiéndose en lo último. Un día la lluvia arreció, era fuerte y pesada, sentimos que echaba abajo el techo, pero antes derrumbó el granero. Las vacas huyeron y Juan y yo tuvimos que ir a buscarlas. Lo único que logramos fue que la nube se extendiera. Tardamos un día entero en traerlas de vuelta, terminamos hacinándolas en el chiquero. A nuestra vuelta vimos que parte del techo se derrumbó, como si Dios se hubiera ensañado con nuestra madre, solo cayó el tramo de su cuarto. Corrimos desesperadamente a rescatarla por si aún podíamos hacer algo. Tardamos un largo rato removiendo escombros para encontrar nada, solo su cama intacta con una silueta húmeda.
Ya solo quedábamos Juan y yo. No nos quedó ánimo para pretender que las cosas podían terminar bien, o si quiera terminar, finalizar con este castigo. Mi hermano seguía ocupándose de los animales, aunque ellos tuvieran más oportunidades de sobrevivir que nosotros. Yo por mi parte me dejé vencer por la enfermedad, sigo en cama, desde acá observo el hostil paisaje de nuestro páramo, las nubes negras y violentas, el incesante caer de la lluvia.
Renunciamos a cualquier esperanza. Le pedí a Juan que ya no matara a ningún animal. Terminó liberándolos. Le pedí a él que se fuera a Altamar, que buscara ayuda, a alguien que se encargara de él, le recomendé buscar a don Eugenio, en la granja siguiente, que se ofreciera para el trabajo. Se negó. Como toda bestia, supongo, olió mi muerte. Entonces pasó los días pegado a mí. Cuidó mis fiebres, mis convulsiones, me alimentó con lo que pudo.
Esta mañana me he sentido mejor, solo un poco, lo mínimo para hablar con Juan. Le he repetido que se vaya, que busque otro lugar, que huya, tal vez él, a diferencia de papá, no arrastre la lluvia tras de sí. Se enojó tanto ante mi insistencia, se agitó demasiado, se golpeó con fuerza la cabeza. De últimas creo que culpó al cielo, tomó un machete y salió a amenazarlo, a gritarle. Agitaba el machete con furia, golpeando la lluvia, el suelo, el aire. Fue cuando lo golpeó. El cielo se tomó muy personal la afrenta de Juan y lo atacó con un rayo. Su cuerpo está estocado frente a la casa. He intentado alcanzarle, pero me es imposible. Mi dolor nace del pecho, pero se extiende por toda mi existencia. He pasado las últimas horas llorando, tosiendo y escribiendo, pues ya nada queda de esta granja. Miro alrededor y la casa parece sucumbir al peso de la lluvia y su disimulada furia. Ni siquiera yo logro mantenerme en pie. Lo único que permanece es ese árbol de naranjas, donde enterramos a los gemelos. Ahora que lo veo ha madurado, creció y reverdece, ya empieza a asomar algunos frutos. Se ve fuerte y presiento que es lo único que quedará tras todo este desastre. Terminaré de escribir estas líneas y después intentaré cavar dos hoyos más, el de Juan y el mío.
Escribo esta carta para que sepas qué ha pasado. Parecerá que nos tragó la tierra, pero antes de eso, el cielo nos maldijo. Papá terminó exiliado, mamá se hizo agua y se convirtió en un rastro de humedad. Nuestro hermano fue fulminado por un rayo y el resto sucumbimos a la enfermedad. ¿Habremos hecho algo para merecer este castigo? Tal vez Dios nos responda la pregunta, si es que nuestras almas logran atravesar una nube tan negra y espesa como esta que azota sobre nosotros.
Lamento no poder estar a tu vuelta. Te queremos y búscanos bajo el árbol de naranjas.
Alejandro Espinosa (Metepec, Estado de México). De formación periodística, actualmente es docente. Como escritor se formó en pequeños talleres que dieron escritores locales como Juan Luis Nutte y Eduardo Osorio. Escribe por gusto y mera necesidad, pues explora con géneros como fantasía, realismo mágico y ciencia ficción, que le permitan experimentar con otras realidades, emociones y situaciones. Contacto: alexspinosa27@gmail.com