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Clima laboral

Diana Andrade

Aura María extendió hacia mí su mano pegajosa. Tenía las líneas del destino sucias de tierra, y en las diez yemas de los dedos se había pintado círculos de marcador negro que oscurecían sus huellas digitales. La tomé de las muñecas para examinar sus manos más de cerca. A través de su piel húmeda, pude sentir el palpitar de sus arterias.

          Cualquiera que pasara por la mesa de hierro donde estábamos sentadas supondría que Aura María y yo éramos simplemente novias o amigas, dos profesionales almorzando al sol antes de volver a la oficina. En la terraza de la panadería Santa Cecilia había cinco mesas y todas estaban ocupadas por ejecutivos jóvenes como nosotras. En la silla lindera estaba Diego, de diseño, comiéndose un quiche de cebolla, y más allá estaba Joaquín pidiendo una ensalada de atún sin mayonesa porque estaba a dieta. Ya no llovía, después de un aguacero que duró toda la mañana.

          Lo que no vería este observador hipotético es que yo a duras penas conocía a Aura María, o por lo menos no la conocía lo suficiente para estar examinando sus manos pegajosas. Hasta ese miércoles por la mañana ella había sido “la analista nueva”, el objeto de la marea de maledicencia de la oficina, pero nada más. Ciertamente no había sido la mujer que me había encontrado comiendo tierra del cactus de la oficina, tarareando una canción de Paulina Rubio que, aún mientras yo la arrastraba hacia al ascensor, no logré identificar.

        Aura María era una de esas mujeres que desde el primer momento despertaba envidia. Sus rizos negros eran dignos de una sirena y eran tan abundantes que la hacían parecer más esbelta de lo que ya era. Como además de todo era simpatiquísima, buena en su trabajo pero siempre dispuesta a ayudar, solo era cuestión de tiempo para que alguno de nuestros colegas le inventara un chisme venenoso. A mí también me habría gustado que la oficina fuera diferente, que uno pudiera marcar tarjeta, hacer su trabajo, salir y desentenderse, pero los rumores eran inevitables después de pasar más de ocho horas al día con las mismas personas, en un espacio mal ventilado. Tampoco ayudaba que la mayoría de nuestros colegas fueran hombres. Tanto Aura María como yo nos desempeñábamos en un campo tradicionalmente masculino, así que eran ellos los que mandaban la parada.

       Juan José fue el primero en decir que se había acostado con ella. Una mañana coincidieron de casualidad en el ascensor y eso fue suficiente. A la hora del almuerzo ya nos estaba contando por cuántos orificios la había penetrado, cómo gemía cuando le mordían las tetas y cuánto le gustaba que le jalaran el pelo. Lina de e-marketing le respondió que tenía que estar mintiendo porque nadie con esos rizos dejaría que se los tocaran. Él arrugó los hombros y dijo que en la cama cada quien tenía sus gustos, que por qué no nos contaba los de ella. Lina se sonrojó y se quedó callada.

       Después de Juan José, llegaron las versiones de Óscar, Juan Carlos y Camilo. Sus historias coincidían en que Aura María exigía que la trataran duro, pero cada cual le añadía algo al chisme de acuerdo a su personalidad. Óscar era bastante tímido, así que dijo que después de que él se le había venido en las tetas, Aura María le había confiado que había tenido una infancia difícil. Por su parte, Juan Carlos era un clásico narcisista, entonces nos dijo que Aura María le había dicho que nunca había visto una verga tan grande, que por favor, por lo que más quisiera, le permitiera chupársela. Finalmente, Camilo era el más insulso de los analistas, así que todo lo que hizo fue mezclar las historias de sus colegas en una sola. Su única contribución fue que el día que decidió participar nos pagó el almuerzo a todos, como para compensar su falta de originalidad.

         Aunque nadie se creía las historias de los analistas, el chismorreo pronto tuvo consecuencias reales para Aura María. Se bajaba del ascensor con su pelo oliendo a champú de coco y el aire inmediatamente se tensaba, era como si su llegada convirtiera el recibidor en un cuarto de motel en el que todos levantaban la nariz para olisquear si había habido sexo. Algunos de los supervisores incluso empezaron a hacerle comentarios insinuantes de frente, preguntándole si quería un dulce de limón para que le bajara la irritación que debía tener en la garganta u ofreciéndole las manillas que recursos humanos distribuía para prevenir el túnel del carpo. Como la oficina era de plano abierto, todos vimos al director de comunicaciones agitando la mano derecha de arriba abajo frente al escritorio de Aura María, simulando una paja, pero insistiendo en que le estaba demostrando las propiedades ortopédicas de la manilla.

      Aura María enfrentó las asonadas con una timidez que dejaba clara su falta de experiencia en ambientes laborales como el nuestro. Nada era lo suficientemente explícito como para que ella pudiera quejarse ante el jefe, pero todo era lo suficientemente obvio como para permearla, para afectarla. Se fue derrumbando frente a nuestros propios ojos. Primero llegó tarde a una reunión importante, luego se quedó dormida mientras programaba porque claramente estaba durmiendo mal, finalmente dejó de lavarse el pelo. De sus rizos que olían a coco y fluían como una cascada pasó a llegar con el cuero cabelludo grasoso, oliendo a sudor acumulado que trataba de disimular con una cola de caballo y una balaca. Por supuesto, en lugar de ponerle freno a sus chismes, los analistas empezaron a decir que el cambio en sus hábitos de higiene se debía a tanto sexo que estaba teniendo.

          Con Lina de e-marketing consideramos intervenir una vez a favor de Aura María. Nos encontramos en el baño, lavándonos las manos, y con solo mirar nuestros reflejos en el espejo supimos que estábamos pensando en lo mismo. Lina fue la primera en decir que Óscar se había pasado de la raya esa mañana, asegurándonos que Aura María le había mandado un mensaje de texto esa madrugada, borracha, confesándole que una de sus fantasías sexuales era dramatizar una violación. Óscar nos había preguntado si debería ayudarla a cumplir semejante deseo.

           —Ya se están pasando, ¿no te parece? —me dijo Lina—. Esa conversación de hoy me dio miedo.

        Lina se quedó con la toalla de papel arrugada en la mano, esperando mi opinión. Era la empleada más joven de la oficina, la única mujer aparte de Aura María y yo, pero nunca le había pasado nada porque era sobrina del jefe.

           Cerré la llave del agua.

       —Esto mismo pasa cada vez que llega una analista nueva, pero las amenazas de los idiotas que tenemos por colegas nunca se materializan— dije. —Lo mejor es no seguirles la corriente, ignorarlos hasta que se aburran solos.

          Sin embargo, dos días después, Óscar siguió a Aura María hasta su carro, respirando duro para que se diera cuenta de que la estaba persiguiendo. Ella reaccionó con un nivel de pánico más que comprensible. Corrió hasta su vehículo, abrió la puerta con dificultad porque las manos le temblaban, y salió tan rápido del parqueadero que rayó el carro de Juan Camilo. Él le cobró a pesar de que el seguro le cubría el daño, pero le mandó un mensaje diciéndole que podría hacerle un descuento por pago en especie.

         Al día siguiente, Aura María decidió pedir un traslado. La empresa tenía una sucursal en el centro, llegar era dificilísimo por el tráfico de los edificios gubernamentales, pero obviamente ella prefería una hora más de desplazamiento en lugar de aguantarse el ambiente fétido de la oficina. Llevó la solicitud a mi escritorio para pedirme mi opinión. Era tan joven que sus mejillas brillaban y, a pesar de las ojeras, sus ojos estaban llenos de vitalidad. Le pedí que se sentara en mi silla mientras yo leía su solicitud caminando de un lado a otro. Se quedó enrollándose uno de los mechones sucios de su cola de caballo, nerviosa, me imagino, de pensar en que los analistas se enteraran de que se quería trasladar.

        En los diez años que llevaba en la oficina había leído por lo menos quince cartas como la que me había entregado Aura María. Ninguna mujer resistía el ambiente hostil que creaban los analistas, se comportaban como una manada de chulos que buscaba debilitar a su víctima hasta que cayera muerta. Al principio yo había creído que su objetivo era lograr que las nuevas empleadas se acostaran con ellos, que sus comentarios libidinosos eran una especie de ritual de apareamiento. Ahora creía que simplemente disfrutaban lo que hacían, que no había ningún objetivo más allá de demostrar cuánta fuerza tenían.

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Imagen generada con IA

          Le dije a Aura María que nunca lograría una transferencia con la carta que me había entregado. Se la devolví.

          —Al jefe no le interesan las razones que tengas para irte— dije. —Le interesa cómo vas a hacer que crezca la compañía a través de tu traslado. ¿Qué ventajas tiene para él que trabajes desde allá?

          Miró la hoja como si contuviera las instrucciones para salir de un laberinto, pero estuvieran escritas en un idioma que ella nunca lograría entender. La pobre estaba perdiendo contacto con la realidad. Se le aguaron los ojos.

        —Necesito el trabajo, pero no sé qué hacer— dijo. —Tengo muchas responsabilidades, pero esta situación se está volviendo insostenible, no sé si tú sabes, pero…

       Le rapé la hoja de las manos y prendí la pantalla de mi computador. Después, le indiqué que se quitara de mi silla. La carta que le conseguiría el traslado tenía que ir directo al punto, nada de esas explicaciones que ella estaba dando sobre “los factores del clima laboral que están afectando mi rendimiento”. ¿Cómo se le ocurría decir que su productividad no era óptima? Al jefe le encantaba pensar que las leyes de la física no aplicaban para sus trabajadores, que a todo momento nos estaba exprimiendo al máximo pero siempre podría exprimirnos más.

           —¿Qué proyecto tienes pensado liderar si te trasladan? ¿Qué vas a hacer en la oficina del centro?

         Con la mención de los horizontes laborales que se abrirían si lograba el traslado, Aura María regresó a la realidad. No solo era excelente en su trabajo, sino que se veía que le apasionaba, que era de esas personas que se pueden pasar horas revisando una línea de código.

          —He pensado que allá necesitan optimizar la cadena de revisión de pares porque cada vez que les mando algo se demoran dos días en responder— dijo. —Tengo experiencia en metodologías ágiles para el desarrollo de programas.

        —Entonces eso es lo que vamos a escribir, que vas a duplicar la velocidad de análisis si trabajas desde allá.

         Durante los días que siguieron a ese encuentro, las cosas parecieron calmarse entre Aura María y los analistas. Supuse que el jefe le había dicho que evaluaría su traslado y por eso ella se veía más tranquila. Había vuelto a lavarse el pelo, a dejárselo suelto. Los analistas también estaban distraídos porque Juan Carlos se había inventado que tenía nueva novia, entonces en los descansos y en los almuerzos ya no le interesaba esforzarse con historias sobre sus supuestas maratones sexuales con Aura María. Ahora se la pasaba proclamando que su novia imaginaria era la mujer con la que se casaría, que por fin había encontrado a alguien que no le avergonzaba llevar a la casa de sus papás.

       —Es que ya era hora de sentar cabeza— decía. —Ya me divertí lo suficiente, ahora sí llegó el momento de formar una familia.

          Ese estado de paz duró hasta el día en que Juan Carlos nos mostró las fotos. Parecía un día laboral como cualquier otro. Nos sentamos en la misma mesa de madera astillada del restaurante Don Pepino, nos comimos cada uno una rodaja del pan de cortesía, pedimos lo mismo que hemos pedido todos los miércoles de nuestras vidas, pero, tan pronto el mesero se alejó diciendo que ya nos traía las bebidas, Juan Carlos sacó su celular.

         —Miren el regalito que me mandó mi novia esta mañana para que me pasara el frío— dijo. —Linda, ¿no? Esta es la foto que voy a poner de primeras en nuestro álbum de bodas.

        Óscar, Camilo y yo nos inclinamos a mirar. La foto era de una mujer sin cabeza, es decir la cara no estaba en la toma, pero por el ángulo en que salía su cuerpo desnudo era fácil saber que se le había tomado desde abajo. Su vulva estaba en primer plano, tres dedos de uñas anónimas mantenían abiertos sus labios mayores, y un pezón café se alcanzaba a ver en el ángulo superior. Camilo y Óscar contuvieron la respiración al mismo tiempo; los dos se inclinaron hacia delante para que la mesa les tapara la erección.

          Yo, en cambio, me di a la tarea de almorzar a toda velocidad. Nunca me había terminado un plato de arroz con pollo tan rápido. Los analistas seguían hablando de “semejante cuca tan rica”, así que ni se dieron cuenta de que me paré cuando ellos apenas llevaban dos bocados. Dejé mi parte de la cuenta junto al celular de Juan Carlos, que seguía abierto en la foto, y cualquier duda que me hubiera quedado, se esfumó. La pared que se alcanzaba a ver al fondo era el baldosín inmundo del baño de mujeres, esos cuadros color mostaza que solo Lina, Aura María y yo veíamos todos los días.

          Subí a la oficina y encontré a Aura María escondida en el balcón, comiendo tierra del cactus. Sentí que me adhería a sus manos pegajosas mientras la arrastraba hacia al ascensor. Parecía desconectada de la realidad hasta que la mesera de la panadería Santa Cecilia le trajo la sopa que pedí para ella.

           —¿Le quitaste los metadatos a la foto?— pregunté.

           Aura María empezó a tomarse la sopa con sorbos pequeños que tomaba de la punta de la cuchara.

         —Juan Carlos me pidió una donde me saliera la cara para dejarme en paz, pero no me pareció buena idea— dijo. —Solo aceptó esa porque le dije que incluiría el pezón.

           —Ponme atención— insistí. —¿Le borraste la información con la que te puedan identificar?

           Levantó la mirada de la sopa.

           —Le hice una limpieza total. Tendrían que ser expertos en análisis forense para encontrar algo.

           —¿Y algún lunar o algo que sea fácil de reconocer?— pregunté.

           Aura María dijo que no con la cabeza.

        —Tengo un tatuaje en las costillas pero lo borré. En la universidad aprendí a manejar Photoshop bastante bien.

        La sopa de Aura María ya había dejado de humear y se la estaba tomando más rápido. De pronto estaba de buenas y no pasaría nada con la foto. Óscar y Camilo no lograrían identificarla, en unos días le aprobarían su traslado y entonces su vida volvería a la normalidad. Le sonreí y le apreté el dorso de la mano para darle ánimo. La alternativa era aterradora. Si los analistas descubrían que la foto era de ella, Juan Carlos la amenazaría con publicarla en internet cuando intentara irse. Aura María jamás podría escapar de nuestra oficina fétida.

           Un pájaro surcó el cielo de la terraza de la panadería Santa Cecilia.

           —¿Y cómo quieres celebrar cuando te aprueben el traslado?— pregunté para cambiar de tema.

           Aura María se sorbió los mocos que el calor de la sopa le había aflojado.

         —Si logro salir de esto, te juro que abandono la profesión—respondió. —Voy a tomar el traslado si me sale, pero ya estoy pensando en dedicarme a otra cosa.

          Asentí con la cabeza pesada de impotencia. Aura María era la mejor colega que había tenido, pero era imposible pedirle que se aguantara la asonada de los analistas.

          —Oye, y a todas estas, ¿cómo es posible que tú lleves tanto tiempo trabajando aquí?— preguntó. —¿Cómo has hecho para mantenerte ilesa?

         Se me escapó la misma sonrisa amarga que aparecía en mi cara cada vez que alguna de las tantas mujeres que habían pasado por la oficina me hacía esa pregunta.

        —Si de verdad crees que nunca me ha pasado nada, entonces no comprendes la gravedad de tu situación— respondí. —Lo único que puedo decirte es que yo era mucho más joven que tú cuando entré a trabajar. En ese entonces no existía tanta tecnología para alterar fotos.

         La cara de Aura María se deformó en una expresión de terror, pero no había tiempo para quedarnos en el pasado. Los analistas venían caminando hacia la panadería Santa Cecilia y Juan Carlos traía el celular en la mano. Quizás venían a tomarse un café después del almuerzo, pero también podía ser que hubieran descubierto algo. Reían a carcajadas. Los pájaros habían callado.

           

Diana Andrade (Bogotá, Colombia, 1987) es doctora en Historia de la Universidad de Princeton. Ha trabajado como investigadora y profesora de bachillerato. Sus cuentos han sido publicados en la antología Migraciones: cuentos de ida y vuelta (Hoja por hoja) y en las revistas Casapaís, Iowa literaria y Letralia, entre otras. En 2019 obtuvo el primer lugar en el XXIV Concurso de cuento Ramón de Zubiría. Vive en Los Ángeles, California.

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