Cuando los amigos se mudan
Sergio Rodríguez Cortes
Al terminar de subir todo a la mudanza, nos quedamos en silencio en su puerta diminuta. Me sentía orgulloso de haberla cruzado tantas veces. Natalia solo dejaba pasar a sus amigos y eran pocos. Es por eso que fue triste aquel abrazo de chamarras y guantes, incómodo por el algodón en las comisuras y la respiración helada. Por un momento, creí que me besaría como anoche, pero solo bajó la mirada y se subió al camión. Me sentía feliz por ella, terminamos juntos la carrera de Cinematografía y consiguió una beca en el Reino Unido. Me pidió que le escribiera y se fue con la esperanza en el asiento delantero, mientras contenía sus lágrimas. No me atreví a decir lo que pensaba. Para mí, un adiós es inmutable, al menos hasta que un día nos volvamos a encontrar.
Yo también voy a mudarme, pero no a otro país, ni a otro estado, ni siquiera a otra colonia. Mi nuevo cuarto de foráneo se encuentra a unas cinco calles. Me cambio porque es mucho más barato y, ahora que estoy graduado y no encuentro un rodaje, mandé mi solicitud a uno de esos cines para vender palomitas, mientras consigo algo mejor. Natalia me envía una foto de la ciudad desde el aire, pero no le pongo mucha atención, tan solo alcanzo a distinguir puntitos blancos en toda esa oscuridad. Bloqueo el teléfono. Únicamente, queda el mosquito de las notificaciones, mientras intento dormir. Allá en la esquina hay una bola de pelo, que resulta ser mi vecino y nunca duerme en su casa. Por cuatro años, cada noche, ha roncado el desgraciado y se queda tieso como una piedra, pero nunca le reclamo porque, a fin de cuentas, me acostumbré a los ronquidos de papá cuando vivía con él. Ahora que me voy y no se permiten mascotas en el nuevo alojamiento, ¿qué será de mi vecino?
No tengo dinero para pagar un camión como Nat. De cualquier forma, no son muchas calles. Envuelvo todo en bolsas de basura: mi ropa, mis trastes, mis libros, etc. Todo resultaba tan familiar, como cuando me fui de casa por primera vez. Reuní una buena cantidad de bultos. Parecía tan poco en un cuarto tan pequeño, pero había adquirido tantas cosas en estos cuatro años. Empiezo los viajes. Soy una montaña de plástico caminando por las calles soleadas. Bigotes me sigue emocionado. Nunca entendí por qué me acompañaba cuando salía a la calle. Tal vez era su forma de agradecer que lo dejaba quedarse conmigo, aunque en el día lo dejaba libre. A fin de cuentas, era un perro de la calle al cual solo le daba asilo. Por eso nunca les decía a las personas que era mi mascota. Si realmente fuese mío, no lo dejaría salir en primer lugar. Pero Bigotes siempre está feliz cuando viene conmigo. Se adelanta unos cuatro metros para verificar que no hay nada extraño, le ladra a otros perros callejeros, los somete solo con su presencia y va volteando para ver si estoy bien. Es un buen perro y nos cuidamos mutuamente. También es muy comprensivo, por ejemplo, entiende cuando no puede entrar a los lugares que visito. Por eso llego a mi nuevo cuarto y se sienta obediente mientras yo meto mis cosas. Cuando salgo, sigue ahí, a mi espera. Le acaricio su cabeza mitad negra mitad blanca. Mueve la cola sacudiendo el polvo. Regresamos y hacemos otros viajes. El ciclo continúa como Sísifo con la piedra, solo que yo me imagino más feliz, porque Bigotes me acompaña. Eventualmente, terminamos de pasar todo. Descanso en la puerta de la calle. Bigotes está comiendo las croquetas y tomando del balde que le puse. Nuevamente, la historia se repite. Me quedo ahí parado, en silencio. Solo que Bigotes no sabe qué está pasando. Le doy un abrazo, le acaricio su lomo. Pórtate bien, amigo. Le digo adiós. Tampoco sabe que para mí, un adiós es inmutable. Por eso cuando quiero cerrar la puerta pone su trompa para querer entrar. Me invade un sentimiento amargo, una presión en el pecho que no sentía desde que vivía con papá. Recuerdo mi convicción, le aparto gentilmente su hocico sin ningún bigote. No sé por qué te pusieron así si no tienes ninguno. Si hubieses sido mío, te hubiese puesto un nombre más bonito, uno que solo alguien que te conoce pudiese haberlo hecho.
Habiendo instalado todo, ya noche y en mi cuarto nuevo, inevitablemente, busco en la esquina a aquella bola peluda que se inflaba y roncaba, pero no está ahí, nunca más lo estaría. El vecino estará bien. Al fin y al cabo tiene un hogar, solo que sus dueños no lo cuidan, lo dejan vagar y es raro que lo alimenten. Pero tiene un techo a fin de cuentas. Sin embargo, hace tanto que no duerme ahí. Ladraba a eso de las nueve y lo dejaba entrar. Le ponía una cobija en la esquina del cuarto, daba vueltas a su alrededor, luego la rasgaba por unos minutos hasta crear un montoncito de calor que guardaba entre su lomo y sus pies de goma. El aire del cuarto comenzaba a entibiarse, el viento soplaba en las calles vacías y yo le decía buenas noches, nos vemos mañana. Así fue durante cuatro años. Hoy hace frío y la habitación es extraña.
En las semanas siguientes, Natalia siempre me despertaba con un mensaje. ¿Cómo estás, por qué no me contestas? Me mandaba fotos y videos a los que nunca dedicaba mucha atención. ¿Estás enojado? ¿Hice algo mal? Me da asco la comida de aquí, ya extraño los tacos, las cemitas y a ti también. No le respondí. No tiene ningún sentido hablar cuando es claro que no nos veremos en mucho tiempo: dos años de tu maestría, es probable que también yo esté afuera para ese entonces, haciendo películas. Me aceptaron en el trabajo, así que, por el momento, estoy aprendiendo a hacer palomitas de varios sabores, las promociones de todos los días, los procesos de salubridad y cómo atender a los invitados. Es curioso, porque estoy en el cine al que solía ir con ella. Me gustaría contarle todos los secretos que hay detrás de esto. A Nat le encantaban las palomitas de caramelo y yo solo podía comer unas pocas porque, si no, me hostigaban. En general, creo que todo me llega a hostigar si está demasiado tiempo conmigo, excepto el cine, de él nunca me canso, quizá porque era lo único que podía hacer cuando era niño. Pero regresemos con Nat. Nos sentábamos siempre en la F7 y 6. Veíamos toda clase de películas, aunque más las que ganaban premios o las que eran de directores reconocidos. Al principio, cada quien se sentaba serio en su butaca, estudiando cada plano, cada diálogo o cualquier cosa semiótica; pero luego de un año de conocernos, se recargaba en mi hombro y yo le extendía mi brazo para quedar más cercanos. Al terminar la función, siempre la acompañaba a su casa y platicábamos de qué nos había parecido y, por lo general, nos servía para discutir temas de nuestra vida personal o de nuestras ideas. Creo que era la única persona con la que hablaba de eso. Como sea, llegábamos a su puerta diminuta. Nuevamente, cuando recién nos conocíamos, no me invitaba a pasar ni tampoco es que yo esperara que lo hiciera. Pero luego de un tiempo, me ofrecía una taza de café. A veces la aceptaba, dependiendo si no tenía muchas tareas pendientes. Luego fue que empezamos a hacerla juntos y, ya noche, me pedía quedarme a dormir para evitar que algo malo me pasara. Primero fue el sofá, luego su colchón inflable y, ya en el último año, en su cama junto a ella. Para este punto, ya no podía ignorar la atracción física, ni el aroma de su pelo, ni la piel fría de sus pies descalzos. Nunca intenté nada, no porque no quisiera, sino por dos razones: en primera, porque no quería ofenderla; y en segunda, para ese entonces, ya la habían aceptado en el Reino Unido. ¿Qué sentido tendría estar juntos cuando ella se iba a mudar? Un adiós es inmutable, así me dije en nuestra última noche juntos, pero fue ella la que dio el primer paso. Me abrazó a las tres de la mañana, acercó sus labios a mis mejillas, respiró profundamente sobre mi cuello y… luego la mudanza, el silencio, el abrazo incómodo por el algodón en las comisuras y la respiración helada. ¿Qué caso tiene seguir hablándonos?

Fémina 1. Gilberto Bustos Avendaño
Han pasado doce semanas desde aquel entonces. Decidí bloquear todo contacto con Nat desde la primera llamada que no respondí. No puedo distraerme de mi vida actual. No puedo dejarme caer ni sufrir por las personas que se han marchado. Ahora tomo el autobús para llegar al trabajo. No quiero pasar por las mismas calles que solía caminar con Bigotes. No quiero encontrármelo ni pensar en él. Me aterra la idea de verlo pegado al hueso o que pase a mi lado y que no me reconozca. Entiendo que no era mi perro y que solo lo apoyaba para que no sufriera tanto. Era inteligente, pero, ¿acaso entenderá por qué lo abandoné? ¿Entenderá que yo no tenía la responsabilidad sobre él? ¿Así habrá pensado papá?
Será mejor no pensar en eso. Pongo mi dedo índice sobre el lector de huellas. Aparece la hora exacta en la que registro mi entrada. Saludo cordialmente a mis compañeres. Me meto al vestidor y me desnudo frente al espejo. Hago esto, todos los días, para recordarme que debo dejar mi vida privada al ponerme el uniforme. Creo que ha funcionado bien, pues en menos de tres meses, ya me están capacitando para ser el proyeccionista. A Nat le encantaría saber todo lo que hago. Bueno, yo también lo disfruto bastante. No es nada particular, pues los proyectores ya no son de celuloide como antes. Ahora todo está automatizado. Hay una computadora madre que coordina a todos. Llegan las películas en discos duros color naranja. Hoy recibí las que se proyectarán en esta semana, pero la que más me llamó la atención fue la última de Aronofsky. De inmediato, fui a descargar las KDMs y puse las películas en sus respectivas listas. Lo malo de ser proyeccionista es que te toca ver todos los finales para saber en qué momento encender las luces. Desde la ventana del proyector, vi la última escena de la película. Tenía una música desgarradora y aparecía un fondo blanco que te deslumbraba. Por suerte, no me llevé ningún spoiler. Tal vez la vea mañana. Al terminar todo me pusieron en la taquilla. No pasó ni una hora cuando llegó mi exvecino con su esposa. Se sorprendieron al verme, me preguntaron del trabajo y de la universidad. Yo les respondí cordialmente e incluso les ofrecí boletos con descuento. Parecían tan agradecidos. Luego les pregunté por Bigotes y su rostro cambió.
—No tiene mucho que murió. Lo encontramos afuera de donde antes vivías. Estaba tieso. Creemos que fue por el frío. Pobre, era un buen perro.
No supe qué decir. Se fueron sin recibir una respuesta. Se me acercó la coordinadora y me preguntó las promociones del día. Combo lunes, dos refrescos, dos entradas y unas palomitas. Martes dos por uno. Miércoles mitad de precio. Jueves otro combo. Viernes de estudiante. Acaba mi turno. Regreso a mi cuarto de foráneo. Es de noche. Me acuesto sin quitarme el olor a palomitas. Veo mi cuarto oscuro y me pregunto por qué dejo mi ropa en el suelo y, curiosamente, en la esquina de mi habitación. Solo faltaría que el aire del cuarto fuese más tibio o que se escuchasen ronquidos o el sonido de la televisión encendida, con una película cualquiera, para que fuese como en los viejos tiempos, como cuando vivía con papá y luego sin él.
Ya es mañana, hoy descanso, pero no tengo ganas de salir de la cama. Dejo que las horas pasen. Me vuelvo a quedar dormido hasta que los rayos del sol hacen insoportable el sudor en las sábanas. Me sigo sintiendo extraño, así como cuando los amigos se mudan. En momentos como este, el cine siempre ha sido un aliado, un lugar de escape. Hago todo para verme presentable. Voy a mi trabajo y mis compañeros se burlan por no aprovechar mi día de descanso. Entro a la sala mucho antes de que la función empiece y no sé si fue por estar en la sala vacía, pero me dieron muchas ganas de estar sentado junto a Nat. En ese momento, me llega un mensaje de un número desconocido. Era ella. “Para tu información, me hice un aborto y era tuyo. Como mi amigo, lo mínimo que pudiste haber hecho fue responderme los mensajes”. Empiezan a llegar más personas. Las luces se apagan. Primero los comerciales, Nolan, Spielberg, Anderson. Luego las campañas políticas. Xóchitl Gálvez, Claudia Sheinbaum. Apaga tu celular. Bienvenido a la magia del cine. A24. Brendan Fraser, Sadie Sink. Un padre abandona a su familia. La hija siente un profundo rencor. Los amigos se apoyan. Una gran depresión. Confrontación de padre e hija. El filo de la muerte. Reconciliación. Aparecen los créditos. Se encienden las luces. Las personas se marchan en parejas. Se ofrecen pañuelos mutuamente. Discuten lo que harán después. Yo me quedo en mi lugar. Creo que puedo resistir. Pero recuerdo la puerta diminuta, el cine con Natalia, el cine con mi vecino, el cine con papá. Un adiós es inmutable. No hay nadie en la sala. Comienzo a llorar.
Sergio Rodríguez Cortes (Puebla, Puebla, 1999). Estudiante de Traducción en la UNAM San Miguel de Allende, ciudad donde ganó el primer lugar en narrativa en el certamen Pluma Joven 2025. Su interés por los cuentos nació desde que estudiaba Cinematografía en su ciudad natal. Actualmente, se especializa en la traducción literaria y la traducción audiovisual inglés–español y francés–español. Contacto: sergiorodríguez21143@gmail.com
Gilberto Bustos Avendaño, artista bogotano, en su obra de pequeño y mediano formato predomina la plumilla, donde se refleja la condición humana frente a la soledad y la muerte, el amor y el odio, el erotismo y los vicios del hombre, como independencia deseada, conseguida e impuesta en los continuos viajes de reminiscencia hacia el yo interior. Con ellas ha ilustrado revistas literarias, culturales y textos narrativos.