El llavero de algún santo
María José Escobar
A veces, cuando recuerdo mi infancia, se me viene a la mente una muerte de la que, creo, fui cómplice. Antes, a doña Sofía le gustaba traernos recuerditos de los lugares que visitaba; dichos sitios rara vez diferían entre alguna playa de Acapulco y San Juan de los Lagos. Iba y venía en un día. Una vez me enseñó una foto de cuando, junto con sus amigas, metieron los pies al arroyo para sentir la gracia del Señor, así me lo dijo, aunque en el arroyo apenas podían moverse pues no querían tocarse los pies con otras cien gentes.
La pasaba muy mal en el viaje, las rodillas no dejaban de avisarle ciertas dolencias, nos lo decía cuando sus amigas la dejaban en casa. Aun así, nunca dejó de reiterar que le gustaba salir del rancho por lo menos una vez al año y es por eso que, si bien nunca reparó en nuestros gustos, se acordaba de sus nietos y nos compraba aunque fuera un dulce de coco.
Desde que empecé a ser más o menos grande tuve el derecho de tener llave para entrar a la casa.
—Está bien pelona tu llave —me dijo—, por eso te traje algo de San Juan.
Ese algo especial era lo mismo para todos los primos, de edades similares, fue fácil para ella deliberar su compra dado que nuestras necesidades comenzaban a ser las mismas; nos trajo unos llaveros de metal ovalados y cubiertos de pintura dorada, traían la figura de un santo que no conocía y por el que no pregunté. Al santo sin nombre le di vueltas sobre el aro metálico, lo conservé porque la quería —a doña Sofía—, y por el morbo de imaginar que algún día me iba a conceder el favorcito que se me antojara, como me enseñaron en la casa de mi bisabuela.
Ella sabía que yo no era muy religiosa, por eso pensé que se burlaba: ya va la segunda campanada, apúrate para ir a misa, me decía algún domingo casi al medio día. Yo me reía y ella decía que me iba a redimir algún día, no ir a misa era pecado mortal, ¡ya andaba tachando la lista de pecados mortales desde tan chiquita! Pero esas cantaletas sólo me importaban cuando debía cumplir con mis cuotas de asistencia para tener el derecho de hacer la primera comunión, ahí me concernía porque había visto un vestido con unas mangas muy bonitas en el centro, cuyo valor no iba pesar en la economía familiar porque de eso se encargaban mis padrinos.
Me aprendí la letanía del padre por no aburrirme; mi voz queda se alineaba con la suya que resonaba más fuerte. Lo que siempre era distinto eran las reprimendas cuando describía desde su cielo las barbaridades dadas por una dichosa posmodernidad y la voz se le iba en escupitajos en el micrófono —yo evitaba mirarlo a la cara porque recordaba que ese hombre tenía muy mal aliento si te le acercabas lo suficiente—; a eso yo no le entendía, en cambio, cuando tornaba los ojos para ver las caras que me acompañaban, ellas asentían a las palabras del padrecito con un profundo entendimiento.
Lo que sí disfrutaba, dentro de mis posibilidades, era mirar a mi bisabuela en el área de quienes usaban silla de ruedas; reposaba con la barbilla tocando la parte superior de su pecho y me imaginaba que, de los labios, a falta de una dentadura, se acaudalaba y desbordaba algún río de baba, ¿la gente de poco menos de cien años todavía saliva? Me cuestionaba en silencio porque no me animaba a preguntarle, a ella le tenía cierto aprecio porque cuando iba a su casa me regalaba galletas. Bien portadita tu niña, le decían a mamá las tías abuelas, atribuyéndome así mi primer y único logro quienes nunca me volvieron a dirigir la mirada en las calles. En cambio, yo le regalaba unas flores de plástico que comprábamos en la papelería, las falsas se iban empolvando en su estante lleno de artilugios de santos que olían a ella, a árnica y alcohol.
Aunque me dejaban deambular por la casa —que era para mí tan inmensa como la mitad de un mundo— no podía usar el baño interior; una vez logré escabullirme para fisgonear, pero la tía abuela me atrapó y, con su sonrisa simétrica, encarecidamente pidió que hiciera mis cositas en la letrina del patio. Me gustaba el camino que daba al mentado hoyo (la letrina rodeada de una casita de tablas): había una viña minúscula con racimos ya ennegrecidos y un árbol más grande que arrojaba zapotes al suelo con frecuencia. Me embelesaban los zapotes por la indiscutible verdad de que tenían un sabor memorable; la primera vez que probé un resistol de barra el zapote me saltó a las papilas gustativas como en una reminiscencia. Zapote era lo que nos daban cuando debían ofrecernos algo para merendar, dado que en aquella casa también nos juntaban a los más chicos para darnos el catecismo. Los otros niños los aborrecían, preferían las uvas amoratadas, pero la tía abuela —a mi juicio, la más infame de todas—, con su sonrisa de labios untados de rosa mate, nos ofrecía las frutas frescas que recién eran lanzadas por las ramas del árbol y luego picoteadas por los pájaros, a veces pisoteadas por las patas de las gallinas.

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De lo que ahí aprendí tengo pocas memorias, lo que sí recuerdo es al catequista. Un señor al que exasperábamos de una forma que era incapaz de manifestar de otro modo que no fueran lágrimas; el Correveidile, le decíamos. Esa cualidad alcahueta que le significaba el apodo poco tenía que ver con su persona, lo único relevante que hacía era ofrecerse para todo tipo de voluntariado en la iglesia; la realidad es que eran las voces quienes producían chismes en torno a él. En especial las voces de las tías abuelas y, más antes, de la bisabuela, cuando todavía podía producir espanto en la gente con sus juicios y fue por ello que se concedió la tarea de bautizarlo con ese sobrenombre. Muchas cosas se pueden especular de un cincuentón soltero y catequista, una comidilla difícil de hacer a un lado.
Este hombre comidilla cierto día se me acercó después de las clases.
—Anita, estaba viendo el santito que traes de llavero —me dijo.
Yo estampé mi mirada con la suya y, déspota, imitando a la tía abuela, lo observé de cabo a rabo; ese día sus dedos de la mano derecha se apretaban contra la correa de su morral y los dedos de los pies, que se asomaban fuera de sus guaraches, se comprimían bien juntos. Hizo como que detuvo la respiración para darme la noticia: lo que yo tenía era un San Juditas. Yo, que iba al catecismo sólo por cumplir, pretendí interesarme. Entonces me confió un secreto:
—Voy a hacer una demostración —me susurró, y agregó como advertencia—: pero sólo una persona puede saber, de lo contrario, va a malograrse —le quería desear el mal a quien el mal le había hecho, rectifico ahora que puedo articularlo. Luego de una pausa, se justificó—: No es pecado, es justicia divina. Y no te vayas a sentir mal.
Se va a morir tu parienta pronto. Eso me consta.
Y ahí mismo recordé cuando entraba a su cuarto; ella encamada y siempre con la mirada hacia arriba. Yo me arrastraba por su piso lustroso y pretendía que me deslizaba de un lado a otro con la destreza de un pato sobre el agua. Mientras tanto, mi abuela, su hija menos querida, le daba algo de comer o le hacía la plática. Entonces, luego de un rato, se acordaba de su bien portadita bisnieta y me señalaba el frasco de galletas rancias para que tomara las que quisiera. Y me las comía con mucho gusto, pues lo rancio las hacía suaves y parecía que mi saliva las derretía. Eso sí, la siempre encamada bisabuela —nunca en otro lado, salvo cuando tenía que hacer sus necesidades y le cambiaban el pañal o cuando la bañaban o cuando dormitaba durante la misa dominical—, intentaba con esmero que yo le tuviera cariño frente a su hija y, para qué mentir, me pavoneaba con las atenciones.
Sí, pronto se va a morir, de eso no me queda duda, pero esa es deducción de ahora, de niña yo no entendía del todo. Así que, al Correveidile, atiné a manifestarle, para no verme ignorante:
—Ya sé.
Y apreté mi llavero en el interior de mis bolsillos. Aquel hizo lo mismo con su San Judas alrededor de su cuello.
A la bisabuela la velaron en una fecha muy especial: el dos de noviembre. Recuerdo el atole y las conchas de azúcar, las repartía el Correveidile, quien nunca volvió a mirarme a los ojos. La velaban en la misma casa, junto al árbol que dejaba caer sus zapotes a destiempo. No me acerqué al cajón como otros, que se quedaban embelesados y luego les escurrían lágrimas por las mejillas. Por supuesto, las más afectadas fueron sus hijas, incluso mi abuela. Así, con gesto derrotado, y por amor a doña Sofía, quise imitar a los más grandes que se desdoblaban de un dolor inasimilable. Pensé en cosas que yo conocía: en un gorrión muerto, en un gato abandonado, en una flor marchita por la insolación, sólo así se me ocurrió evocar un dolor hipotético en pos de una muerta cuyo rostro había conocido ya envejecido y con tardes ganas de redimirse.
María José Escobar (México, 1998). Licenciada en Letras Hispánicas y escritora. Fue beneficiaria del Programa de Estímulos a la Creación y Desarrollo Artístico PECDA Querétaro 2024. Varios de sus cuentos breves, minificciones y ensayos han sido publicados en revistas de divulgación literaria como Revista Alcantarilla, Carcaj, Periódico Poético y Página Salmón, entre otras.