La muerte de Cuvé Hwanuk
René Pinet
Tan acostumbrados como estamos al celular, a CNN, a los videojuegos, nos cuesta concebir que, en una de las regiones más apartadas de la Nueva España, en el s. xviii, José Hwanuk se considerara una persona relativamente afortunada y moderna. Educado como neófito en la Misión Nuestra Señora de Los Dolores, en el Territorio Norte, había sobrepasado las expectativas de los frailes. Se había convertido en un hábil trabajador. A un grado tal que, venciendo las reticencias de sus consejeros, el propio Padre Granados le había enseñado a leer y a escribir. Las reticencias se desvanecieron rápidamente cuando Hwanuk pudo interpretar las instrucciones para reparar carruajes, bombas de agua y techos.
La única sombra en la vida de José era la enfermedad de su esposa Datemba. Desde tiempo atrás se consumía lentamente, apagándose sin perder su belleza, como los ocasos californianos que aún hoy podemos ver. Cuando finalmente se apagó, José cayó en una profunda depresión. Él mismo no se daba cuenta de todo lo que extrañaba su presencia, su voz, en los períodos cada vez menos frecuentes de lucidez que ella tenía. Datemba le reprochaba, medio en broma, medio en serio, el alejarse de las tradiciones y del lenguaje Guaycurí. En sus últimos días, ella lo consolaba diciendo que se encontrarían en la Tierra de los Muertos, donde los guerreros se cubrían de gloria cazando escarabajos, pues todo es al revés.
—Los muertos, Cuvé —ella se rehusaba a usar el nombre cristiano de su esposo—, no pueden ver bien cuando es de día, búscalos en lo oscuro. Y no quiero que te desesperes: cuando dicen días, en realidad se trata de años.
José asentía por llevarle la corriente. Había dejado de creer en todas esas imágenes hacía mucho tiempo, desde que descubrió que eran tan arbitrarias y absurdas como la de un Dios torturado por unos hombres en una cruz, o la de un lejano virrey capaz de aliviar la pobreza.
—Pero tienen que hacerlo, Cuvé, ¿No te das cuenta? —Datemba salía a respirar consciencia cada dos o tres minutos, y soltaba frases así. Habían discutido en el pasado acerca del levantamiento Pericú en 1734. José consideraba una estupidez el enfrentarse al avasallante poder de fuego español: ¿Han visto ustedes volar un F-18 en una exhibición aérea? Pues eso mismo sentía José ante los mosquetes y la pólvora.
Y ahora, su compañera se había ido. José pasaba los días tratando de ahogar el vacío de su ausencia con trabajo, con lecturas, con paseos. Lo más extraño de todo era cuando la soñaba:
—¡Pero si tú estás muerta, Datemba! —exclamaba, después de haber platicado con ella por horas— ¿Qué haces aquí?
—Vine sólo por unos segundos —contestaba ella— a jalarte los pies. Ten cuidado con la roca.
—¿Cuál roca, mujer? —preguntaba, pero ella había desaparecido.
Vio una roca, en efecto, balanceándose precariamente sobre una plataforma natural. Atrás, un río reflejaba las luces del atardecer en su turbulenta superficie. José sintió ganas de refrescarse, pero al pasar junto a la roca ésta se le vino encima y lo aplastó.
El sueño se repetía frecuentemente. En realidad, parecía repetirse, pero siempre tenía algunas variantes:
—Datemba, tú no puedes estar en esta cena: ¡tú estás muerta!
—Sólo vine por un segundo, a decirte que ya no creo en el Chamán Arudovichi.
—Yo nunca le he creído. Nunca pudo parar las tormentas. La lluvia que llamó llegó tres años después y, aun así, se tomó el crédito.
—Escucha, Cuvé —le dijo, como hacen todas las esposas de todos los tiempos, cuando sus niños o sus maridos empiezan a divagar—: enfundado en su capa de pelo, Arudovichi tomó un cordón, lo pintó de rojo, y lo tendió alrededor de Uriguai. Dijo que los españoles morirían en cuanto tocaran la cuerda. Los urigüis danzaron y cantaron toda la noche con sus mujeres y sus niños cuando oyeron que la tropa se acercaba.
José no quiso interrumpirla, aunque ya sabía cómo iba a terminar la historia.
—Los soldados llegaron. Los urigüis cantando y danzando con sus mujeres y niños, Cuvé. Los soldados pasaron corriendo sobre el cordón, y ningún soldado cayó, Cuvé. Pusieron sus rodillas sobre el cordón mientras disparaban, y ningún soldado cayó fulminado. Sólo cayeron los urigüis, sus mujeres y sus niños, Cuvé. Por eso ya no creo en Arudovichi.
José estaba muy cansado. El viaje había sido muy largo. A su alrededor, en el piso de la choza, el arco y las flechas habían sido depositadas junto a la armadura cilíndrica de cestería. Datemba continuaba:

Imagen generada con IA
—Pero creo en las flechas, Cuvé. El cordón y los poderes de Arudovichi no mataron a los soldados, pero las flechas sí lo hicieron. Las flechas y las lanzas. En eso sí creo.
José no recordaba haber puesto las flechas allí. No recordaba haber usado nunca una armadura cilíndrica de cestería, ni un penacho de conchas y pluma, pero se los puso como si no hubiera hecho otra cosa en su vida. Las voces callejúes y pericús se oían a la distancia. Las órdenes en Guaycura, menos intensas que los gritos de las mujeres y los niños, esbozaban el plan de batalla. El ritmo uniforme de los pasos entrenados de los guerreros se oía como fondo a las trompicadas carreras de los que podían huir.
Poco a poco se fue convenciendo de que no había manera de evitar la prueba, y que el resultado no dependería de lo que hiciera o dejara de hacer. Decidió salir y atravesar la línea, si podía. Si no, allí iba a terminar todo. Una extraña calma invadió su cuerpo. Nada peor podría ya pasarle. José nunca se imaginó que eso fuera el valor.
Empuñó la lanza. Pasó la puerta, y empezó a correr por el patio. Los gritos de los soldados se oían tan lejanos —pensó—, el humo, el olor a pólvora, los gritos de los heridos…
José se obligaba a llevar contabilidad de lo que iba viendo; se convencía de que era la batalla real.
No importaba. Continuaba corriendo. Un paso tras otro. Estaba seguro de que una esquirla lo iba a alcanzar, que una terrible herida iba a rasgar su cuerpo y lo haría aullar como los pobres diablos que veía tendidos en el terreno.
Era como si estuviera manejando otro cuerpo a control remoto. Como si a muchos, muchos kilómetros de distancia, estuviera ocurriendo una batalla que no tenía nada qué ver con él. Como si nuestro sueño de reality shows se hubiera realizado cuatro siglos atrás, y José estuviera cómodamente sentado en su casa manipulando los controles del PlayStation y dirigiendo los pasos de un personaje que era él pero no era él.
Apenas si se sorprendió cuando fue golpeado por la metralla del arcabuz. Con tenue curiosidad vio correr la sangre por su abdomen. Ni siquiera trató de recomponer el extraño ángulo en que sus piernas habían quedado. Como si fuera de otro el cuerpo que empezaba a temblar incontroladamente. Como si alguien más, no él, estuviera emitiendo los alaridos que oía salir de su garganta. No podía ser él, no. Él caminaba por el sendero que se adentraba en los matorrales. Ya veía la roca balancearse encima de la plataforma. José siguió caminando. Pasó junto a la roca, que siguió tambaleándose amenazadoramente. Llegó al río. Lo cruzó sin detenerse a considerar su profundidad ni la intensidad de la corriente.
Estaba anocheciendo y, al otro lado, los cazadores acechaban a su presa:
—¡Venados, venados! —se susurraban, rodeando a un grupito de escarabajos negros.
José supo que había llegado cuando cayó finalmente la noche, y pudo ver con claridad el valle, sus padres, sus abuelos, los antecesores que trajeron el trabajo de cestería de Sonora por Isla Tiburón, los antecesores de estos: hocaltecas con noticias del altiplano mexicano y, a lo lejos, la cintura cimbreante de Datemba, un momento antes de que volteara a verlo.
René Pinet, doctor en Oceanografía costera, formó parte del Taller de Literatura de la Universidad Autónoma de Baja California y del Seminario de las Artes Literarias de Baja California; ha publicado narrativa y poesía en revistas como Urbanario y La huella del coyote. Este año obtuvo el tercer lugar en los Juegos Florales del Carnaval 2025 de Ensenada y el primer lugar para Baja California en el XVII Concurso Nacional Literario Memorias de "La Vejez y la Mar".