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Retrato

Para Juan Carlos


La muerte de mi padre ocurrió unas semanas atrás. Era un hombre de más de setenta años, con el cabello completamente blanco, de figura descompuesta y frágil. Papá se esforzaba al caminar encorvado por el peso de los años y de los sueños no realizados; a veces parecía una sombra apenas, la insistencia de un recuerdo que no quiere dejar de ser. Su rostro dejaba ver las huellas de una vida de trabajo y sufrimiento. Sus ojos claros, fijos, signo de sencillez e inteligencia, mantuvieron su brillo peculiar incluso en los años donde la enfermedad arremetió con más fuerza. Papá siempre olía a café y a cigarro, a perfume de lavanda añeja y al olor de los muebles de madera que construyó a lo largo de su vida.


El funeral se realizó durante la noche, casi un día después de la muerte de su padre. Carlos estaba en la concina, su mirada se perdía en una taza verde y sucia de donde minutos antes había bebido a grandes sorbos un café muy dulce y caliente. Él lo había encontrado en su cama, ya sin vida. Solían trabajar juntos en la tienda de la familia o en un pequeño negocio que habían emprendido juntos. Carlos nació cuando su padre tenía más de cuarenta años, por lo que al ir envejeciendo siempre se sintió responsable de su cuidado. Lo encontró sobre su cama, bocarriba, con los ojos entreabiertos, con una mirada en la que todavía se notaba un poco de tristeza. Las cortinas color vino, entrecerradas, impedían el paso de la luz que intentaba penetrar por el ventanal manchado y deteriorado. Por primera vez, Carlos se percató de lo sucio y viejo que lucía el cuarto de sus padres.


Se quedó unos minutos sentado en la cama contemplando el rostro de su padre. Su expresión casi infantil le recordó los años cuando él lo cargaba en sus hombros; se acordó, en particular, de la tarde en que asistieron a ver un partido de futbol. Al terminar, su padre lo llevó en hombros por una de las calles principales de la ciudad. Hasta ese momento, Carlos recordó que el camino de regreso a casa lo habían hecho durante la noche y que esa fue una de las últimas veces en que toda su familia estuvo junta. Le era casi imposible de creer que aquella figura que siempre le había dado seguridad ahora yaciera tan indefensa sobre una cama que lo hacía ver más pequeño de lo que era. En la expresión y rasgos de su padre, Carlos se notó a sí mismo y creyó vislumbrar cómo serían su decadencia y propia muerte.


La casa era una construcción de mediados del siglo pasado. El portón negro daba paso a un patio largo donde el mayor atractivo eran las paredes cubiertas de enredaderas y algunas fotografías a modo de cuadros. Los diferentes cuartos de la casa estaban organizados de manera consecutiva, primero la sala, después la cocina y, por último, el comedor. Años más tarde, Carlos construiría un segundo piso justo encima del comedor, donde se instalaría con su familia, su esposa y dos hijos (un varón y una niña que ya no conocería a su abuelo).


Recuerdo a papá sentado en uno de los sillones de la sala, con la luz de la casa apagada y escuchando música, ya fuera la radio o algunos de los discos que le regaló el abuelo. La luz de su cigarro se movía como una luciérnaga de arriba abajo trazando un mapa en torno de su figura siempre sin camisa. Era común verlo así todas las noches en que mi madre se quedaba en su cuarto a ver televisión o salía a comprar alimentos.


A medida que el pueblo iba creciendo, las casas donde alguna vez vivieron amigos y familiares se convirtieron en pequeños negocios que transformaron las calles. Empezaron a verse tiendas de aparatos electrónicos y almacenes de ropa que cambiaron la fisonomía del pueblo. Papá y yo solíamos recorrer juntos las calles, él me contaba dónde había estado una cafetería o un antiguo bar. Las bardas de piedra, los portones grandes y los árboles que resguardaban en su interior se transformaron en estacionamientos y en grandes textileras. Conforme el pueblo iba cambiando, me di cuenta de que mi padre ya no era el mismo, su fuerza y vigor habían disminuido enormemente. Al mirarme al espejo, yo era la imagen y sustancia de mi padre, la única que reconocí a lo largo de toda mi infancia.


Conforme pasaron los años comencé a preocuparme por el vicio de papá. Se hizo muy frecuente escucharlo toser hasta tener que apoyarse en una silla o sentarse para poder recuperar el aliento. Mamá le insistía que dejara de fumar y que fuera al médico, pero él nunca lo aceptó. Se distraía con su trabajo y con platicar con las personas con las que había crecido y que se topaba a todas horas en la calle.


 

Número 16 de Jackson Pollock  cuadro abstracto
Número 16 de Jackson Pollock
 

Una mañana, papá no salió a trabajar a la hora acostumbrada, tuvo un acceso de tos que lo debilitó tanto que tuvo que recostarse. Cuando mamá le acercó un pañuelo para que se limpiara la boca, mi padre escupió unos coágulos de sangre y tuvo dificultad para respirar. Fue la primera vez que vi sus ojos nublarse. Papá y yo acostumbrábamos hacer los anuncios juntos; recorrer el pueblo en nuestro auto nos daba la oportunidad de platicar de aquellas cosas que él no quería que yo le contara a mamá por ser “cosas de hombres”. Sin embargo, esa mañana tuve que hacerlo solo. Mirar el asiento del copiloto vacío me hizo pensar, por primera vez, en la posibilidad de que mi padre ya no volviera a estar conmigo.


No obstante, después de unos días, su salud mejoró y volvimos a la rutina de los anuncios como siempre lo habíamos hecho. Papá llegó tarde, poco después de la hora de cenar. Cuando se sentó a la mesa se limpió el sudor con un pañuelo de color gris visiblemente sucio. Lo miré durante unos minutos, su rostro cansado, marcado por las arrugas, se notaba optimista, con unas ganas inusuales de vivir. Sin saberlo, esa fue nuestra última cena, papá moriría la tarde siguiente.


Mi padre no acabó sus estudios, pero eso no impidió que se convirtiera en un hombre inteligente. Todas las tardes me ayudaba con mi tarea; después de terminarla íbamos al mismo parque para jugar con mi pelota. Para ver a papá, siempre tenía que mirar hacia arriba; su cara llegaba hasta el cielo. Qué grande era mi padre.


Papá fue enterrado en el panteón del pueblo a las doce y media de la tarde. Mi padre fue un hombre conocido por todo el pueblo, no obstante, ese día asistió menos de la mitad de las personas que lo saludaban por las calles y mucho menos de la mitad de aquellos a los que él consideraba sus amigos. Noté, por primera vez en mis más de treinta años que, al igual que a papá, muchos me saludaban en las calles y bares, pero muy pocos me conocían realmente. Cuando llegamos al cementerio me dijeron que ese día no había maquinaria ni ningún trabajador que nos ayudara a cavar la fosa. Sin camisa, con el sol golpeándome la espalda y la cabeza, y con las manos lastimadas por las llagas, terminé el último lugar que mi padre habitaría. A la una de la tarde, de mi padre solo quedó la tierra de su tumba ensuciando mis zapatos visiblemente desgastados. La vida que tantas veces me pareció inmensa ahora cabía en una fosa cavada con mis propias manos. Sin embargo, seguía siendo igualmente sobrecogedora.


Por la tarde, después del entierro, Carlos se quedó algunas horas en la cocina; la taza verde de la que había bebido café la noche anterior seguía ahí. El curso de las cosas, de la casa, de la tarde, todo continuó igual, sin el menor cambio. Esa idea lo entristeció profundamente.


A las diez y media de la noche, cuando la oscuridad se había instalado por toda la casa, Carlos recordó la última cena con su padre, su risa cálida, sus planes para las semanas próximas; lo vio, como casi cada noche, sentado en uno de los sillones de la sala escuchando música con la luz apagada. De pronto, creyó escuchar que la puerta de la sala se abría; al alzar la mirada vio la figura encorvada de su padre atravesar la sala en penumbra y subir las escaleras. Carlos se levantó con un movimiento rápido y torpe provocando que la taza cayera al suelo manchando de café el mantel y el piso. Subió las escaleras y alcanzó a ver a su padre entrando a su cuarto. Con pasos lentos, avanzó los pocos metros que había entre la escalera y la recámara de sus padres; al llegar al cuarto se detuvo en el umbral de la puerta; observó que la cama de sus padres había sido hecha y que todo estaba en su lugar. Llamó a su padre, pero nadie le respondió, su voz entrecortada se perdió en la negrura de la noche. Mientras avanzaba, se topó con su ropero; Carlos posó la mano en las camisas de su padre. Papá nunca dejó de usar estas camisas tan gastadas, las usaba en el trabajo que hacía en casa y a veces las llevaba al hacer los anuncios. Mientras contemplaba las camisas y zapatos de su padre, escuchó que alguien le hablaba. No llores, niño. La voz hizo que Carlos volteara hacia la derecha donde estaba el espejo y la cómoda de su madre. Cuando Carlos se acercó para poder abrazarlo, el espejo le devolvió la imagen de un hombre de más de treinta años, con la ropa sucia y con los ojos claros y fijos, los ojos de un hombre sencillo e inteligente. Carlos notó por primera vez lo mucho que se parecía a su padre.

 
Marcelo Jesús Salazar Martínez es egresado de la maestría en Literatura Hispanoamericana y licenciado en Lingüística y Literatura Hispánica, ambas por la BUAP. Ha publicado ensayo y narrativa en distintos espacios digitales y es autor de contenido educativo. Se ha desempeñado como docente y tallerista de literatura y escritura creativa.
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